Lo que me cuesta olvidar
Vivo en una ciudad llena de contrastes, como toda ciudad latinoamericana que apenas se descubre a sí misma, recién desnuda y medio maltratada, desesperanzada, ultrajada, pero rescatada por el humor y la improvisación de saberse apta para todo, hasta para levantarse de nuevo tras la explosión social. Realismo mágico, pero nuestro. Eso es lo que cuenta.
Yo no puedo pretender ser algo distinto a lo que es esta ciudad, no por el ultraje, sino porque una ciudad como esta puede parir gente tan disímil como yo, llena de dudas, de ganas, pero también con una enorme disposición a emocionarme. No pierdo entonces tampoco, mi capacidad para impresionarme.
A ratos pienso que me ha pasado de todo (a sabiendas de que es falso), pero lo de la otra noche fue arrollador, terrible y demasiado conmovedor.
Compartía la mesa con varios comensales que recién conocían mi país, y mis coterráneos y yo quisimos ofrecer una última noche de buena cena, buena conversa, agradecimientos mutuos y regalos que llevar a cada destino de regreso.
De pronto, dos niñas de 5 y 8 años aproximadamente, tal cual las edades de mis hijos varones, entraron intrépidamente al restaurante con los brazos llenos de flores para la venta y gritando que no les pegaran.
Unos ojos rodeados de negrísimas pieles me veían entre el llanto y el ayúdame por favor. Mi silencio me paralizó y observé por 7 segundos cómo los mesoneros del local tiraban de los brazos de estás chiquitas para sacarlas de allí.
Mi estómago es más o menos resistente, no lo sé. Más porque me impulsa a hacer las cosas, menos porque no aguanto estas escenas.
De pronto, mi actitud corporativa me abandonó y mi condición de ser humano, mujer y madre me hizo levantar de la silla y zafarlas de esta escena tan triste.
Tomé a la más pequeña y me abrazó tan fuerte que sentí su pequeño corazón palpitar dentro de mi, alzada en mis brazos la saqué del lugar y pronto rescaté a la otra que estaba debajo de la mesa, justo a los pies de mi silla. Logró adivinar que yo no le haría daño y aceptó mi mano tendida.
Al final, obviamente, hubo que comprarles flores.
Al final, me quedan dudas, preguntas, ansiedades, tristezas, melancolías… pero mucha, muchísima rabia.
No de sentirme engañada y pensar que fue una treta de ambas, entrenadas perfectamente para eso, ya tienen suficiente con estar nocturnamente recorriendo riesgos y exponiendo sus pequeñas humanidades desprotegidas de inocencia.
No de la pena que quedó flotando en el ambiente de los invitados y visitantes en mi país, total, cosas iguales o peores hemos visto en la tele o en los diarios.
No de la actitud de los mesoneros cumpliendo órdenes de un gerente que quiere proteger su negocio y su imagen, es una acción natural y no estamos entrenados para reaccionar ante tales situaciones.
Mi rabia y mi tristeza tienen que ver con el lugar común de la injusticia, con la intolerancia, con el verbo estúpido y sin sentido de la mayoría de nuestros gobernantes, de la arrogancia con que asisten a eventos internacionales, de la verborrea gastada, desgastada y trasnochada de quienes se autodenominan protectores ambientales, humanitarios, populares o qué se yo cuál nicho social.
Los odio, los odio profundamente, a cualquiera que se le ocurra pronunciar una sola voz defendiendo a los niños del mundo que mueren de hambre y a las mujeres ultrajadas, los odio si osan decir que no duermen por encontrar la cura del Sida, los odio si entre trago y trago o aeropuerto y aeropuerto, sus pensamientos preocupados por las guerras en Medio Oriente o Europa Central los desconcentra del último best seller gerencial.
No los perdonaré jamás.
Hijos: perdónenme por haberles prometido una mamá sin odios en el corazón, sin reproches, pero los ojos de esas niñas eran iguales a los de ustedes.

Xabier dijo
No se de qué ciudad hablas pero la siento mía. Aquí en Sydney, eso precisamente no pasa pero tal vez o sin tal vez, sea precisamente porque en tantos sitios sucede para que en otros no. Por ello no se puede mirar para otro lado y por eso no quiero un rincón tranquilo del mundo si no alcanza a todos los rincones. Te agradezco tus palabras porque están escritas con sensibilidad y lucidez. No sé dónde estás pero te siento mi prójimo aunque sea léjimo.
9 Noviembre 2005 | 03:17 PM