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La Coctelera

Urbano

La calle sensorial: poesías de todos en una misma ciudad

9 Noviembre 2005

Lo que me cuesta olvidar

Vivo en una ciudad llena de contrastes, como toda ciudad latinoamericana que apenas se descubre a sí misma, recién desnuda y medio maltratada, desesperanzada, ultrajada, pero rescatada por el humor y la improvisación de saberse apta para todo, hasta para levantarse de nuevo tras la explosión social. Realismo mágico, pero nuestro. Eso es lo que cuenta.
Yo no puedo pretender ser algo distinto a lo que es esta ciudad, no por el ultraje, sino porque una ciudad como esta puede parir gente tan disímil como yo, llena de dudas, de ganas, pero también con una enorme disposición a emocionarme. No pierdo entonces tampoco, mi capacidad para impresionarme.
A ratos pienso que me ha pasado de todo (a sabiendas de que es falso), pero lo de la otra noche fue arrollador, terrible y demasiado conmovedor.
Compartía la mesa con varios comensales que recién conocían mi país, y mis coterráneos y yo quisimos ofrecer una última noche de buena cena, buena conversa, agradecimientos mutuos y regalos que llevar a cada destino de regreso.
De pronto, dos niñas de 5 y 8 años aproximadamente, tal cual las edades de mis hijos varones, entraron intrépidamente al restaurante con los brazos llenos de flores para la venta y gritando que no les pegaran.
Unos ojos rodeados de negrísimas pieles me veían entre el llanto y el ayúdame por favor. Mi silencio me paralizó y observé por 7 segundos cómo los mesoneros del local tiraban de los brazos de estás chiquitas para sacarlas de allí.
Mi estómago es más o menos resistente, no lo sé. Más porque me impulsa a hacer las cosas, menos porque no aguanto estas escenas.
De pronto, mi actitud corporativa me abandonó y mi condición de ser humano, mujer y madre me hizo levantar de la silla y zafarlas de esta escena tan triste.
Tomé a la más pequeña y me abrazó tan fuerte que sentí su pequeño corazón palpitar dentro de mi, alzada en mis brazos la saqué del lugar y pronto rescaté a la otra que estaba debajo de la mesa, justo a los pies de mi silla. Logró adivinar que yo no le haría daño y aceptó mi mano tendida.
Al final, obviamente, hubo que comprarles flores.
Al final, me quedan dudas, preguntas, ansiedades, tristezas, melancolías… pero mucha, muchísima rabia.
No de sentirme engañada y pensar que fue una treta de ambas, entrenadas perfectamente para eso, ya tienen suficiente con estar nocturnamente recorriendo riesgos y exponiendo sus pequeñas humanidades desprotegidas de inocencia.
No de la pena que quedó flotando en el ambiente de los invitados y visitantes en mi país, total, cosas iguales o peores hemos visto en la tele o en los diarios.
No de la actitud de los mesoneros cumpliendo órdenes de un gerente que quiere proteger su negocio y su imagen, es una acción natural y no estamos entrenados para reaccionar ante tales situaciones.
Mi rabia y mi tristeza tienen que ver con el lugar común de la injusticia, con la intolerancia, con el verbo estúpido y sin sentido de la mayoría de nuestros gobernantes, de la arrogancia con que asisten a eventos internacionales, de la verborrea gastada, desgastada y trasnochada de quienes se autodenominan protectores ambientales, humanitarios, populares o qué se yo cuál nicho social.
Los odio, los odio profundamente, a cualquiera que se le ocurra pronunciar una sola voz defendiendo a los niños del mundo que mueren de hambre y a las mujeres ultrajadas, los odio si osan decir que no duermen por encontrar la cura del Sida, los odio si entre trago y trago o aeropuerto y aeropuerto, sus pensamientos preocupados por las guerras en Medio Oriente o Europa Central los desconcentra del último best seller gerencial.
No los perdonaré jamás.
Hijos: perdónenme por haberles prometido una mamá sin odios en el corazón, sin reproches, pero los ojos de esas niñas eran iguales a los de ustedes.

servido por transito 7 comentarios compártelo

7 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Xabier

Xabier dijo

No se de qué ciudad hablas pero la siento mía. Aquí en Sydney, eso precisamente no pasa pero tal vez o sin tal vez, sea precisamente porque en tantos sitios sucede para que en otros no. Por ello no se puede mirar para otro lado y por eso no quiero un rincón tranquilo del mundo si no alcanza a todos los rincones. Te agradezco tus palabras porque están escritas con sensibilidad y lucidez. No sé dónde estás pero te siento mi prójimo aunque sea léjimo.

9 Noviembre 2005 | 03:17 PM

Nocturna

Nocturna dijo

Al igual que muchas personas
comparto tu odio.
un saludo de...Noc_

9 Noviembre 2005 | 03:28 PM

Juliana

Juliana dijo

Sé de qué hablas, querida amiga y sin embargo, compartiendo la rabia (indefectiblemente ligada al odio) no puedo dejar de rescatar el amor que en el fondo subtiende lo que te ocurrió. Recuerdo aquella frase ya trillada y casi cursi de que cuando se es madre, sentimos nuestros a todos los niños. En cada semáforo de nuestra querida Caracas, ya en la noche, a veces muy tarde, cuando regreso a la casa puedo ver niños de la misma edad de mis hijos (9 y 13) haciendo malabares en las calles y lo que provoca es llevárselos y arroparlos.... ¿Impotencia? ¿Dolor? ¿Llanto? Ojalá un poco de amor para ellos, como el que le diste con un abrazo... sé que nunca lo olvidarán.
Un beso inmenso para ti

10 Noviembre 2005 | 04:14 AM

kenobi

kenobi dijo

hasta que cumpli 13 años mi familia tenia una bodega que quedaba a dos cuadras del deposito de una empresa heladera, cada dia a las 6 de la tarde venian alli un heladero que rondaba los 50 años, con su hijo de aproximadamente 13, que de paso era su compañero de trabajo... en nuestra bodega hacian su cena: un pan dulce de los grandes y medio litro de leche para ambos... al concluir se iban con calma, dejando en mi tierna mente de 7 años un sinnumero de preguntas... a donde va el heladero cuando termina el dia?, porque comen solo eso?, porque sus ropas estan tan gastadas?, como es su casa?, como llegaron a eso?, ese es el mismo tipo de preguntas que me acosan a diario cuando veo la habitual miseria que nos rodea, me pregunto que historias oculta... me sigo preguntando cada dia: a donde va el heladero?... sabes... ya no siento odio, siento empatia... recuerdo que el budismo nos cuenta que las cosas no son buenas ni malas, solo son cosas... que una parte importante de la vida es sufrimiento (cosa que hemos vivido en carne propia y sabemos de sus beneficios)... pero sabes esos argumentos aun no son suficiente para calmar esa angustia subyascente en mi alma... pero ahora tengo otras preguntas, como por ejemplo: que tan indirectamente responsable soy yo de todo esto? Como puedo llevar mi vida para minimizar el impacto negativo que mis acciones tienen en el medio ambiente?... que puedo hacer al respecto?... besos preciosa, te reitero mi alegria de tenerte online de nuevo... espero que cada dia odies menos y te hagas mas preguntas... jah bless

11 Noviembre 2005 | 02:38 AM

laveron

laveron dijo

¡Qué ingrata soy! he venido por acá. de hecho he leído algunos post...y no he dejado comentario! y sé que esto no es un "vos me das y yo te doy", pero tampoco el extremo de hacerse el ciego...
cuando leí este post hace unos días...me sentí identificada. de hecho he tenido ese tipo de actitudes yo también. Iván, al nacer, me agregó más peso en la vida. Pero el peso de las responsabilidades sobre él y sobre otros, como él...que están desamparados. no es que no las tuviera antes, es que se sentían distinto. ver a una mujer con frío, en invierno, y su bebé desabrigado, en brazos, parte cualquier mirada. Pero cuando uno piensa que es sólo el azar lo que hace que ella no haya sido yo...entonces, pufff!!! como pesa.
y pesa no poder hacer nada realmente útil y sentir que cualquier gesto no conduce a nada. y putear con todo por la mierda que representa tanta injusticia!!!
en fin...gracias por tus palabras, y nos seguimos viendo.
Y gracias por escribir con mucha inteligencia, como lo haces.
Saludos!!!
laura

8 Diciembre 2005 | 11:24 PM

francolin

francolin dijo

La información presentada aquí es derivada de la revisión del tema a través de varias fuentes de consulta editorial y electrónica. Educación Médica Continua Copyright ® 2003. Todos los derechos reservados

5 Febrero 2007 | 05:32 PM

peligroso

peligroso dijo

eres un espiupi,papanata

11 Marzo 2007 | 11:36 PM

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Sobre mí

Pretender decir que soy poeta es una autodeterminación antipática. Sólo soy una conductora que disfruta de este viaje citadino, veo, me río, me detengo, me sorprendo, subo el volúmen de la radio y me conmuevo. Te espero en este rincón.

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